Duerme la vieja Encina
Mientras sus ramas oscuras,
Conquistan la luz bajo tierra
En busca de la felicidad.

Pequeñas chispas despiertan
Sobre el lecho maternal,
A los diminutos seres que
Hacen de ella su hogar.

Hogares sin fuego abierto,
Lugares donde descansar,
Donde crecer al abrigo
De la encina maternal.

Una mañana de invierno
Cuando el sol más alto está,
Soñaba un brote verde
Con la gran inmensidad.

Se sintió lleno de savia
De fuerza y capacidad,
Y soñó que hasta las águilas
Le paraban a conversar.

Una lenta babosa errante.
Confundida por el calor invernal
Se pasea entre las hojas
Y despierta de su sueño
Al infante del encinar.

Insectos, reptiles, caracoles
Reunidos en comunidad,
Pájaros, arañas, ciempiés
Bajo la Encina maternal.

Pequeñas bellotas sembradas
Ofrecidas al azar
Son promesas de vida
En aquel lejano lugar,
De pan de horno antiguo,
De ganado manso y hogar.

Recuerda entonces el brote
El calor de su mamá,
Y el alimento que llega del suelo
Que es su verdadero hogar.

Toda la luz que recogen
Sus pequeñas hojas de metal,
Son digeridas por los brotes
De su comunidad familiar.

Y así nos muestra la Encina
Su carácter maternal,
Que no sabe de grandes o chicos
Si no de amor incondicional.

Que no es más que cuidar durmiendo
A los que viajarán más allá,
A los que se quedan cerca,
Y a los que ya nunca regresarán.